El mito del emprendedor en el garaje

El mito del emprendedor en el garaje

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Uno de los programas más atrevido-divertidos de Discovery Channel es ythBusters. En él, el equipo de Adam Savage y Jamie Hyneman ponen continuamente en cuestión «leyendas» o mitos urbanos, a través del método puramente empírico. Recuerdo haber visto en programa en el que se dudaba de la veracidad de una noticia, según la cual el reactor de un avión había tumbado un camión en un aeropuerto. ¿Cierto o mentira? Pues ellos revivían la experiencia con todo detalle, con el fin de demostrar científicamente si tal cosa era o no posible (dejo en suspense el resultado de este caso del camión). La verdad es que el montaje para «desmitificar» un mito en ese programa es generalmente bastante complicado, y requiere de una dosis importante de imaginación y de logística.

Adam y Jamie son emprendedores. Su programa es tremendamente original. Y se basa, sin duda, en sus habilidades personales. Que no son, seguramente, fruto de un día. Sólo basta ver el currículo de su equipo para descubrir que todos llevan años en algo parecido a lo que hoy hacen. Ya sea en el mundo de los efectos especiales para cine o televisión, en la animatrónica, o incluso en la producción de spots televisivos. Dicho de otra forma, MythBusters resulta de la hibridación de talentos muy especiales, que han ido madurando previamente en multitud de trabajos anteriores.

Y esta es una conclusión muy interesante, que va en la dirección de un interesante artículo en el Fast Company de marzo 2007, que lleva por título «The myth about creation myths«. En concreto, los dos autores, Dan y Chip Heath (hermanos), ponen en cuestión el mito de garaje, según el cual muchas grandes empresas aparecen de la nada gracias al carácter emprendedor de unos jóvenes, que acaban indefectiblemente conquistando el mundo. Es la leyenda de HP, Apple, Netscape, y otros muchos. Incluso recuerdo un fantástico artículo, de esos que hay que guardar, de Fortune, hace unos años, en los que se elaboraba una lista de los garajes míticos del Silicon Valley, con fotos incluidas. Lamentablemente no lo he encontrado en Google.

Los fundadores de HP delante de su legendario garaje.

Los Heath ponen en duda que el emprendedor «garajero» sea el típico individuo que construye su proyecto a partir meramente de su talento multiplicado por su esfuerzo. Más bien, dicen, la mayoría son «productos organizacionales», o sea, profesionales con larga experiencia en una organización, que conocen muy bien un campo, en especial sus debilidades e ineficiencias, y, gracias a ese conocimiento, deciden lanzarse a crear una empresa para aprovechar esa oportunidad.

De hecho, los Heath se basan en un estudio de dos profesores de la Haas School of Management de la Universidad de Berkeley («A garage and an idea: What more does an entrepreneur need?». California Management Review. Vol. 48. No. 1. 6-28). Un artículo ciertamente novedoso en el que se concluye que en lugar de seguir alimentando la leyenda del emprendedor-aventura, sería mejor que comprendiéramos los mecanismos por los que un «hombre organizacional» aprende en un organización convencional y decide convertir ese conocimiento en una nueva organización, la suya.

En palabras de los dos profesores de Haas: «There exists a common belief that entrepreneurs commonly start businesses in garages (or basements or dorm rooms or kitchens). The garage entrepreneur is a highly popular contemporary legend but not quite accurate. An emergent notion in academic research is that entrepreneurs are often organizational products. They typically acquire confidence, business knowledge, and social connections via prior experience at existing organizations. These psychological and social resources aid entrepreneurs in forming companies. Although the belief of the garage entrepreneur contributes to the preservation of the American ideals of opportunity and upward social mobility, it offers misleading insights to would-be entrepreneurs because it suggests an undersocialized view of the entrepreneurial process. Individuals, companies, policy makers, and business schools will benefit from recasting the garage as a contemporary legend and focusing instead on the lessons that can be derived from an understanding of entrepreneurs as organizational products.»

A mi la cuestión me parece del máximo interés. Recuerdo que hace unos dos años, un emprendedor del sector audiovisual me comentó algo muy parecido: que le parecía equivocado que las universidades impulsaran a sus inexpertos alumnos a fundar empresas, puesto que creía que era fundamental que primero tuvieran una experiencia profesional «convencional», que les daría el bagaje suficiente para, primero, encontrar una idea de negocio, y, segundo, para ser capaz de ejecutarla (que es la parte más difícil de la aventura empresarial). Añadiéndole, yo diría, una tercera habilidad, que es la construcción de una agenda de contactos con la que fabricar los primeros clientes. En otras palabras, antes de montar tu propia empresa, primero tienes que experimentar por ti mismo «lo que vale un peine».

La conclusión de los Heath es muy clara: si quieres crear una empresa, más que buscar un garaje, busca un empleo en una empresa en la que construir tus habilidades. Citan aquí una estadística interesante, procedente de un estudio realizado para compañías inversoras de capital riesgo, según la cual el 91% de las empresas participadas por este tipo de inversores estaban relacionadas con la experiencia profesional previa de sus fundadores.

Así pues, en frase de los autores citados, «las empresas no nacen en garajes, sino que nacen en otras empresas».

Entenderlo tiene una importancia crucial. Porque en estos momentos en los que tenemos imaginación con gran potencial económico, pero inmersa en un entorno poco dispuesto a invertir en lo nuevo (un entorno empresarial más conservador de lo que nos podemos permitir, creo yo), las propias empresas «sólidas» ya existentes podrían contribuir al desarrollo de la economía albergando a empresas nuevas que les aporten la «visión» que a menudo les falta. Sería la visión multiplicada por la solidez, y a la inversa.

Lo ideal sería que los innovadores en las empresas no estuvieran asqueados con las limitaciones de la «forma convencional de trabajar» (es impresionante ver la cantidad de profesionales que consideran que en su propia empresa no pueden hacer nada interesante) y que sus empresas les ofrecieran la posibilidad de innovar desde dentro.

Pero eso es quizás mucho pedir.

Mensaje 931. Serie iniciada en 1995

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